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Intelectuales en
defensa del petróleo
Las
trece líneas rojas de la reforma petrolera
Los debates sobre las iniciativas de reforma energética ya han
puesto en claro que deben ser rechazadas. Son inaceptables
porque van en contra de la letra y el espíritu de la
Constitución, a la que se pretende violentar a través de cambios
en leyes secundarias. Es evidente su intención privatizadora
porque pretenden transferir a empresarios e inversionistas
privados, foráneos y nacionales, las actividades estratégicas de
la industria. Se les permitiría construir, operar y ser
propietarios de instalaciones, equipos y ductos para explorar y
desarrollar campos de petróleo y gas; para refinar petróleo y
procesar gas, y para transportar, almacenar y distribuir
productos petrolíferos y petroquímicos básicos. En una palabra:
se pondría en manos privadas el núcleo de la industria petrolera
y las funciones básicas de Pemex.
Destacan en las iniciativas propuestas por Felipe Calderón trece
disposiciones especialmente lesivas al desarrollo nacional y en
las que se materializa el despojo que se pretende. Se trata de
las siguientes trece líneas rojas:
Primera: la asignación por invitación restringida o
adjudicación directa de contratos de obras y de prestación de
servicios para realizar actividades estratégicas, incluyendo
exploración y desarrollo, refinación y petroquímica básica. Los
alcances de esos contratos y las remuneraciones correspondientes
podrán ser fijos o variables, determinadas o determinables, e
incluir incentivos vinculados con el éxito de la obra o
servicio. Esta indefinición excesiva abre espacios a la
corrupción.
Segunda: transferir a particulares porciones no
determinadas de la renta petrolera por operaciones de extracción
de petróleo y gas. El pago en efectivo por la exploración y
extracción, al precio de mercado del crudo, disminuirá el monto
de la renta petrolera que Pemex-PEP realice en el momento de
comercializarlo.
Tercera: acentuar la artificial especialización de Pemex en
la extracción de petróleo y gas, entregando al sector privado la
elaboración de productos industriales de alto valor agregado,
mediante la maquila de refinación y la petroquímica.
Cuarta: autorizar a trasmano y sin reconocer su verdadero
carácter, la celebración de contratos equivalentes a los de
riesgo, violatorios de la Constitución y las leyes.
Quinta: posibilitar el desplazamiento de Pemex y su
sustitución por empresas privadas en actividades estratégicas de
la industria petrolera. Aceptar los “mecanismos de explotación
conjunta” y privada para yacimientos transfronterizos.
Sexta: prever sanciones más rigurosas para Pemex y sus
subsidiarias que para los permisionarios privados.
Séptima: abandonar el carácter de empresa petrolera
integrada y flexibilizar la estructura institucional de Pemex,
en cuanto al número, objeto y permanencia de sus organismos
subsidiarios.
Octava: establecer la “creación de valor económico” como
objetivo central, en lugar de reafirmar la garantía de la
seguridad energética de la nación.
Novena: proponer un consejo de administración (CA) de Pemex
cuya integración (a discreción sólo del Ejecutivo), facultades
excesivas (que incluyen la contratación de deuda pública),
carácter discriminatorio, grado excesivo de discrecionalidad,
falta de transparencia, insuficiencia de responsabilidad e
indefinición de atribuciones violan la Constitución y resultan
funcionales sólo para los propósitos privatizadores, pero no
para una gestión eficiente del organismo.
Décima: conceder protección extralegal a favor de los
miembros del CA y del director general, mediante el
establecimiento de seguros, fianzas o cauciones a favor de esos
funcionarios para cubrir el monto de las posibles
indemnizaciones por los daños o perjuicios que puedan causar.
Undécima: emitir “bonos ciudadanos” como un primer paso
hacia la bursatilización de una parte del capital de Pemex.
Duodécima: aceptar “la aplicación de derecho extranjero (y)
la jurisdicción de tribunales extranjeros en asuntos
mercantiles”, lo que es absolutamente improcedente e implica el
abandono de la cláusula Calvo que ha sido central en nuestra
política exterior.
Decimatercera: orientar la modificación de la Ley Federal
de Derechos aplicables a Pemex a estimular, con un trato fiscal
benigno, la explotación de campos difíciles (Chicontepec y aguas
profundas), cuya exploración y desarrollo muy probablemente sea
contratada con empresas privadas, extranjeras o nacionales.
Comité de Intelectuales en Defensa del Petróleo
Marco Antonio Campos, Rolando Cordera, Arnaldo Córdova, Laura
Esquivel, Bolívar Echeverría, Víctor Flores Olea, Luis Javier
Garrido, Héctor Díaz Polanco, Antonio Gershenson, Margo Glantz,
Enrique González Pedrero, Hugo Gutiérrez Vega, David Ibarra,
Luis Linares Zapata, Guadalupe Loaeza, Lorenzo Meyer, Roberto
Morales, Carlos Monsiváis, Jorge Eduardo Navarrete, Carlos Payán,
Carlos Pellicer López, José María Pérez Gay, Sergio Pitol, Elena
Poniatowska, Ida Rodríguez Prampolini, Enrique Semo, Víctor
Manuel Toledo, Héctor Vasconcelos y Javier Wimer.
“La consulta, un logro del movimiento
ciudadano”
No se puede ignorar la tensa, muy difícil o trágica situación del
país. Entre las demostraciones de que no todos los tiempos son
iguales:
Violencia radical del narcotráfico con altísimo costo de
vidas (no sólo de los directamente involucrados); crisis del aparato
de seguridad nacional; destrucción creciente del tejido social;
expansión del miedo y el pánico en amplísimos sectores; carestía
insostenible; desastre –reconocido por todos– de la enseñanza
pública y la privada; ansiedad por reducir el proceso electoral a
una compraventa de votos; crisis acentuada y efectiva del Poder
Judicial; apoyo de funcionarios al sistema de ecocidios (sobrexplotación
del agua, destrucción de bosques, contaminación) que ratifican la
monstruosidad del neoliberalismo; impunidad de los poderosos que se
ostentan como la nueva “autoridad moral”; campaña intensa de
privatización de los recursos energéticos; funcionarios cuya
permanencia es un desafío grave a la legalidad (Juan Camilo Mouriño,
Ulises Ruiz, Mario Marín); campañas de linchamiento moral de los
opositores…
Hay, sin embargo, razones, y muy significativas, para un optimismo
racional o, si se quiere, para un replanteamiento positivo de las
circunstancias actuales:
–Emergencia de sectores y personas en el análisis de la realidad,
las decisiones participativas y las protestas. Las movilizaciones de
los últimos tiempos no son calificables de izquierda en el sentido
ideológico tradicional, sino como movimientos, de ciudadanía y
ciudadanización, conceptos primordiales y ligados ya al
fortalecimiento de la soberanía popular.
–Fracaso estrepitoso de los defensores del proyecto de Felipe
Calderón en el debate sobre reforma energética. Carecen de
argumentos sólidos, se entregan a la inútil y penosa manipulación de
leyes y cifras, son inconexos y desinformados por sistema.
–Fracaso notable de los gobiernos sucesivos del PRI y del PAN en la
política informativa sobre los hechos básicos del país. Los
promotores de la privatización del petróleo se burlan de los
mexicanos que no entienden de tecnología y ellos mismos, a la hora
de evaluar su proyecto, lo reducen a lugares comunes del
autoritarismo cantinflesco. Además, ¿de dónde proviene la ignorancia
de la sociedad en asuntos de extrema importancia? De quienes,
mediante la represión y el oscurecimiento informativo de la
televisión, han alentado por décadas la despolitización y aíslan y
persiguen las actitudes politizadas. Los gobiernos federales
desalientan desde hace mucho tiempo las acciones de la ciudadanía.
También el desbordamiento de la ignorancia afecta en primer término
a la clase gobernante, que nunca explica sus proyectos básicos y
carece de la costumbre de razonar.
–El gobierno federal aceptó el debate sobre la reforma petrolera y
ahora se propone ignorarlo, asfixiar su desarrollo y enterrar sus
conclusiones. Con todo, este debate es otro de los signos
irrefutables que anuncian una sociedad distinta, que va adquiriendo
la capacidad de convocarse a sí misma.
–La clase gobernante fracasó en su intento de impedir por entero la
consulta. El propósito de la consulta no es negar las facultades del
Congreso, sino rechazar la privatización del punto de vista de la
nación y no aceptar que sólo “los expertos” decidan el presente y el
porvenir del país. La ciudadanía exige su inclusión en la toma de
medidas que la afectan centralmente. Al oponerse a la consulta, la
clase gobernante despliega el tamaño de su miedo a los ciudadanos y
de su desconfianza ante su escasísimo poder de convencimiento.
–El fracaso impresionante de la derecha, que en décadas no ha ganado
una sola de las batallas culturales en el país, no ha conseguido
abolir los derechos de las mujeres ni de las minorías sexuales, ni
ha detenido en lo mínimo el avance de sus odios predilectos: la
laicidad, el laicismo, la secularización (ejemplo reciente: la
devolución por parte de la diócesis de Guadalajara de 30 millones
para el Santuario de los Mártires). Si en las batallas culturales la
derecha viene a menos, estamos aún lejos del respeto a los derechos
humanos, del fin del racismo y del reconocimiento pleno a los
derechos indígenas.
–Movilización en amplios sectores de la sociedad, que no aceptan
como respuesta la frialdad, el azoro, el desprecio, la inercia o el
odio de la clase gobernante.
Antes lo dominante fue el pesimismo como determinismo. Hoy las
circunstancias han cambiado. Nadie autoriza el optimismo, pero la
tesis de la indefensión absoluta de la sociedad es, en última
instancia, un comercial más del neoliberalismo.
Así, la consulta sobre la reforma energética es una saludable
ampliación de la democracia y un logro del movimiento ciudadano.
Atentamente:
Comité de intelectuales en defensa del petróleo
Marco Antonio Campos, Rolando Cordera, Arnaldo Córdova, Laura
Esquivel, Bolívar Echeverría, Víctor Flores Olea, Luis Javier
Garrido, Héctor Díaz Polanco, Antonio Gershenson, Margo Glantz,
Enrique González Pedrero, Hugo Gutiérrez Vega, David Ibarra, Luis
Linares Zapata, Guadalupe Loaeza, Lorenzo Meyer, Roberto Morales,
Carlos Monsiváis, Jorge Eduardo Navarrete, Carlos Payán, Carlos
Pellicer, José María Pérez Gay, Sergio Pitol, Elena Poniatowska, Ida
Rodríguez Prampolini, Enrique Semo, Víctor Manuel Toledo, Héctor
Vasconcelos, Javier Wimer
Del debate
a la consulta
A la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Senadores:
A los gobiernos de los estados y del Distrito Federal:
A la opinión pública:
En las semanas recientes ha quedado clara la
trascendencia de la discusión pública sobre el destino de la
industria petrolera.
Luego de oír a los expertos en cuestiones energéticas, a los
juristas y a los legisladores, y antes de cualquier dictamen de ley
en el Congreso, hace falta conocer la postura de los ciudadanos ya
mucho más informados. A esta ponencia colectiva sólo se puede
acceder mediante la consulta pública.
Como se ha propuesto a lo largo del debate sobre la reforma
energética, la consulta pública es posible legalmente al permitirlo
el artículo 26 de la Constitución de la República, como expuso con
profundidad el reconocido jurista don Juventino Castro y Castro en
el Senado:
"La norma constitucional faculta al Estado a establecer
procedimientos de participación y consulta popular en el sistema
nacional de planeación democrática".
Por la importancia central de este asunto les solicitamos a ustedes
el examen serio y pronto de la posibilidad de una consulta nacional
antes de cualquier decisión sobre la reforma energética.
De la misma manera, nos dirigimos a los gobiernos de los estados y
del Distrito Federal, donde ya está reconocido este derecho en las
leyes locales como ejercicio de la democracia participativa. No sólo
es posible, sino necesario organizar la consulta en sus entidades en
caso de que el Senado rechace la propuesta.
Por este medio exhortamos respetuosamente a los legisladores y los
gobernadores a atender nuestra petición que, sabemos, recoge el
sentir de muchísimos ciudadanos, y además expresa la vía a nuestro
alcance para saber de las distintas posturas ciudadanas.
Para recibir su contestación hemos nombrado a José María Pérez Gay,
Carlos Payán, Luis Javier Garrido y Laura Esquivel, quienes estarán
a su disposición en lo tocante a cualquier aclaración.
La prisa sin razonar va en contra de los intereses a corto, mediano
y largo plazo de la nación.
Atentamente:
Marco Antonio Campos, Arnaldo Córdova, Laura Esquivel, Bolívar
Echeverría, Víctor Flores Olea, Luis Javier Garrido, Héctor Díaz
Polanco, Antonio Gershenson, Margo Glantz, Enrique González Pedrero,
Hugo Gutiérrez Vega, David Ibarra, Luis Linares Zapata, Guadalupe
Loaeza, Lorenzo Meyer, Roberto Morales, Carlos Monsiváis, Jorge
Eduardo Navarrete, Carlos Payán, Carlos Pellicer, José María Pérez
Gay, Sergio Pitol, Elena Poniatowska, Ida Rodríguez Prampolini,
Enrique Semo, Víctor Manuel Toledo, Héctor Vasconcelos, Javier Wimer
Artículos
La
Jornada viernes 9 de mayo de 2008
Definiciones
y preguntas en la defensa de PEMEX
Adolfo Gilly
La operación en curso de
privatización de Pemex va mucho más allá de los negocios del capital
y de la corrupción de los funcionarios, como en cambio era el caso
en la prolongada destrucción de la red de ferrocarriles nacionales y
en las sucesivas concesiones y rescates de las carreteras de cuota.
Esta de hoy es una decisión de alcance histórico, tanto como lo
fueron el reparto agrario y la expropiación petrolera en los años
30, pero exactamente en el sentido opuesto. Se trata ahora de
completar, por un lado, una recomposición ya iniciada del Estado y
de los sectores de clase dominantes y, por el otro, una
restructuración de las relaciones de ese Estado con la nación y su
pueblo, y con Estados Unidos y sus planes geoestratégicos en estos
años iniciales del siglo.
Se trata, al mismo tiempo, de llevar a término el mando indiscutido
del capital financiero mexicano –insisto, mexicano– sobre el Estado
nacional, y de integrar a éste como socio menor subordinado en la
zona contigua de dominación y seguridad –América del Norte– de esa
potencia a través de tres tratados: el TLCAN, el ASPAN y la
Iniciativa Mérida, los tres estatutos clave de la subordinación
económica, militar y política.
Se trata de desarmar y terminar de desmantelar las defensas
estructurales que protegían la soberanía y la independencia de esta
nación. Así y nada menos.
Esta posición de mando del capital financiero mexicano fue
afirmándose a partir de los años ochenta del siglo XX a través de
los sucesivos gobiernos y cambios constitucionales –artículos 3º,
27, 130– y de la privatización creciente de los bienes de la nación,
no sólo en tanto empresas públicas y servicios financieros sino
también en cuanto dominio del territorio, del patrimonio cultural y
de los recursos naturales.
Es una gigantesca operación de despojo la que está en marcha desde
entonces. La entrega de Pemex es la culminación de ese proceso.
* * *
El desmantelamiento que se intenta ahora completar no es, en efecto,
sólo el de la propiedad estatal, sino también el de una forma de
Estado mexicano –entendiendo aquí “Estado” como proceso de relación
entre gobernantes y gobernados– que desde la derrota y la
destrucción del Ejército Federal por la División del Norte en
Zacatecas el 23 de junio de 1914 –es decir, ya desde antes de la
Constitución de 1917–, se había ido conformando en la historia, en
la legislación y en los antagonismos y las luchas hasta cubrir todo
el siglo XX mexicano. Se trata de revertir el proceso histórico
hasta una nueva y atroz Bella Época en este siglo.
De ese tamaño es la derrota que nos quieren imponer y lo que está en
juego en la propuesta desintegradora de Felipe Calderón.
La ocasión parece inmejorable. El Estado mexicano, nominalmente
unido bajo la Presidencia de la República y el pacto federal, está
hoy fragmentado en mandos múltiples: el mando de los gobernadores
que, mientras cada uno actúa como amo y señor en su feudo, se reúnen
como poder nacional en la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago);
el de la Iglesia, potente y prepotente como nunca desde el siglo XIX
y la Reforma, ante la cual bajan la cabeza todos los partidos y sus
dirigentes (todos, dije, todos); el de los grandes señores de las
finanzas y sus conexiones con el opaco y turbulento mundo financiero
internacional; el de una Presidencia que busca refugio y amparo en
las fuerzas armadas; el del narcotráfico con sus redes y contactos
no visibles pero reales con todas las esferas de poder antes
mencionadas y con varios poderes externos.
Si en este listado no concedo poder propio al dual monopolio
televisivo es porque se trata de una dependencia del capital
financiero en cuyos intereses y designios está integrada. Si tampoco
lo concedo al Poder Legislativo y al Poder Judicial es porque cuanto
de importante se decide en esas sedes ya estuvo decidido de antemano
en otras sedes y otros poderes.
* * *
El mando financiero no tiene interés en recomponer ese Estado roto
en fragmentos, con su modo protector y clientelar de relación con la
población y sus políticas desarrollistas y de subvención al gasto
social, a las empresas locales y a la planta industrial nacional.
Quiere una nueva relación entre el gobierno y un pueblo, no de
ciudadanos, sino de individuos atomizados en su vida social y
focalizados en su conexión mediática.
Quiere una nueva relación estatal, sin patrimonio nacional común y
cuya red conectiva, material y espiritual, sea ante todo ese mercado
de las cosas que el capital financiero domina y controla, y donde el
educador del pueblo son los medios mucho más que los maestros de un
sistema escolar abandonado.
Para ese objetivo hay que terminar de quitar la pieza material
central en la que se sustenta y con la que se financia el
persistente modo de gobernar inscrito en la Constitución de 1917.
Esa pieza, desde el 18 de marzo de 1938, se llama Pemex. Hoy,
setenta años después, hay que acabar con ella y mandarla al desván
de los recuerdos patrióticos, junto con el convento de Churubusco o
la carroza de Juárez. Y, de paso, hacer un suculento negocio con el
petróleo.
Hay que desmantelar y ceder, entonces, esa prenda del orgullo
nacional que es Pemex, a la cual el modo como había sido conquistada
y defendida en otros tiempos había convertido en símbolo material de
la independencia frente a la potencia del Norte y también en prenda
de la autonomía relativa de los políticos gobernantes.
Entregar Pemex es también quitar piso propio a las fuerzas armadas
mexicanas y acelerar su conversión, deseada por el Pentágono y las
finanzas, en una Guardia Nacional destinada a tareas de represión
interior ya ejercidas desde el PRI; y por otro lado, dedicada, al
igual que en Colombia, a la regulación armada del narcotráfico,
negocio que Estados Unidos no muestra interés en erradicar sino en
mantener bajo control. Ese ejército quedaría así subordinado al
Pentágono.
La iniciativa de Felipe Calderón pretende completar el vaciamiento
del artículo 27 constitucional, pilar central de la forma de Estado
posterior a la revolución. Salinas de Gortari destruyó su parte
agraria. Se trata ahora de echar abajo lo que queda, la expropiación
petrolera que recuperó el subsuelo y unificó a la nación.
Ésta es la magnitud de lo que está en juego. No es nuestro interés
defender la actual forma de Estado, corrupta, opresora y
fragmentada. Pero su suerte y sus indispensables cambios tienen que
ser decisión del pueblo mexicano, no de los poderes financieros
nacionales y extranjeros.
En cuanto a la demostración presupuestaria, financiera,
administrativa y tecnológica de la plena viabilidad de Pemex como
patrimonio nacional, ha sido y está siendo hecha en estos días, con
abundancia de datos y argumentos, por los numerosos expertos
mexicanos en cuestiones petroleras. A ellos nos remitimos.
* * *
La defensa de Pemex y del patrimonio es una de las grandes causas de
esta nación. Su dimensión simbólica y práctica va mucho más allá que
la de sus empresas equivalentes en otras naciones latinoamericanas.
Esa defensa necesita ser múltiple y en todos los terrenos, más allá
de los ámbitos discursivos, parlamentarios o legislativos, aunque
los incluya; más allá de las diferencias en otros temas y cuestiones
entre las fuerzas y los individuos que se movilizan; más allá de las
disputas por la preminencia, el mando o la dirección del movimiento
de pueblo que es preciso extender a todos los espacios de vida, de
trabajo, de estudio, de reunión o de esparcimiento.
Es preciso sumar a todos cuantos quieren preservar a Pemex como
patrimonio común de la nación. ¿Cómo agregar esas fuerzas tras un
objetivo común sin exigir a nadie que se subordine a una política, a
una dirección partidaria o a un dirigente; y sin pedirle tampoco que
no lo haga, si así le place y le parece?
El bando neoliberal está unificado por el poder presidencial, el
poder financiero y el poder eclesiástico, cuyos altavoces son la
televisión y la campaña unificada de los medios y sus cabecitas
parlantes.
¿Cómo unificar las fuerzas de este lado en un frente plural por el
petróleo; no por la Presidencia en 2012; no por las elecciones en
2009; no por la dirección o el control de este o aquel aparato
partidario o sindical (y no sigo porque la lista de ambiciones e
intereses particulares sería interminable)? ¿Cómo asegurar la
independencia de cada uno en la unidad de un solo objetivo: defender
a Pemex? ¿Cómo organizar sin regimentar ni uniformar, en las maneras
diversas como se han organizado siempre en este país los movimientos
de trabajadores, de estudiantes, de colonos, de ejidatarios, de lo
que fuere?
¿Es que esa experiencia de generación tras generación de todo un
pueblo durante un siglo entero se va a condensar sólo en votaciones
de plaza a mano alzada y bajo consignas beatíficas como “amar es
perdonar”, mientras la violencia se descarga en la descalificación y
el insulto al que está al lado?
¿Cómo poner en el centro de las discusiones y las movilizaciones
ideas, objetivos, discursos y modos diversos de organizar que muevan
a la acción, a la convergencia, a la creación libre de maneras
efectivas de lucha? ¿Cómo cortar de plano, a comenzar desde quienes
ocupan posiciones dirigentes, las feroces disputas internas y el
lenguaje soez: “traidor”, “víbora”, “fecal”, “pantaleta”, que hasta
en los columnistas de la prensa escrita se ha ido haciendo
costumbre? ¿Cómo lograr, por fin, que la causa de Pemex y el terreno
central de esta lucha no sean vistos por sectores populares,
angustiados por la pobreza y la sobrevivencia cotidiana, como una
mera disputa en el Estado, en las instituciones, entre los
políticos, esos que desde hace muchos años y a vista y paciencia de
todos han usado a Pemex como su propiedad y para sus fines?
Estas son mis preguntas, dirigidas a todos nosotros, gente de la
UNAM, y también al Movimiento Nacional por la Defensa del Petróleo
que encabeza Andrés Manuel López Obrador.
Y finalmente una pregunta no menos significativa: ¿por qué exigir
ahora a los zapatistas, amenazados de un golpe militar represivo en
cualquier momento, que se agreguen a este movimiento mientras todos
los partidos los abandonaron y mantuvieron en el Congreso de la
Unión la exclusión de los indígenas y la negación de sus derechos en
esta nación?
* * *
No vine a esta nuestra universidad con respuestas ni con consignas.
Vine con preguntas que nos hacemos tantos en esta movilización que
no es de nadie y es de todos. Traje un manojo de interrogantes,
producto de experiencias colectivas de organización de luchas
mexicanas que se remontan al menos al movimiento ferrocarrilero de
los años cincuenta y al movimiento estudiantil y popular de 1968, y
que se han ido trasmitiendo y acrecentando generación tras
generación.
Pido y propongo que encontremos entre todos y en todas partes los
medios para que esa experiencia acumulada, patrimonio espiritual e
ideal de todos nosotros, se vuelque en libertad como torrente,
rescate el petróleo y ponga un alto a las sumisiones a las que nos
arrastran este gobierno, sus mandantes y sus aliados.
Conferencia pronunciada en la Facultad de Ciencias Políticas y
Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México el 8 de mayo
de 2008.
El Universal
Sábado 10 de mayo de 2008
Petróleo,
sociedad y nación
Ifigenia Martínez*
Es reconfortante que el tema del petróleo y la seguridad energética
haya penetrado en la conciencia social y ya forme parte de nuestra
identidad nacional. Así lo demostró la nutrida concurrencia al
simposio Petróleo y Seguridad Energética organizado por el Frente
Amplio Progresista (6 y 7 de mayo de 2008) en ocho sesiones a cargo
de reconocidos expertos en derecho constitucional, desarrollo
industrial, transformación institucional de Pemex, destino de la
renta petrolera y política de Estado en la transición energética que
se lleva a cabo a nivel mundial. El evento tuvo lugar en el
auditorio del espectacular e histórico edificio colonial que ocupó
la Escuela de Medicina de la UNAM y que nos fue gentilmente
facilitado por la Rectoría.
El simposio inició con el análisis jurídico de las cinco iniciativas
enviadas por el Ejecutivo al Congreso, que probablemente sean
completadas con una o dos más pues es notoria la ausencia de temas
importantes como el fiscal y el de las transacciones internacionales
de Pemex. En seguida se abordaron tres aspectos: la contribución de
Pemex en el desarrollo e industrialización del país; su
desintegración corporativa para darle preferencia a la exportación
de crudo, y el abandono de su industrialización, convirtiendo al
país en importador de gasolina, refinados y productos petroquímicos.
Un adecuado aprovechamiento del hidrocarburo y del gas forman parte
de una política de Estado, y no de una simple política de mercado
que trata de maximizar ingresos sin medir las consecuencias sobre la
seguridad energética y el desarrollo incluyente del país en un
entorno globalizador, pues se trata de la vida de la República en un
horizonte de largo plazo y no de maximizar la renta petrolera del
gobierno en turno.
Con gran previsión, la Constitución de 1917 le otorgó a la nación la
propiedad originaria de los recursos naturales, el manejo exclusivo
del agua y los hidrocarburos y posteriormente de la energía
eléctrica, la industria petrolera y la petroquímica básica. Sus
beneficios por tanto corresponden a la nación para el disfrute de
todos, y la recuperación de sus costos requiere una estructura de
precios y tarifas que considere la capacidad de pago de los
mexicanos. La renta petrolera debe reinvertirse en el propio sector
o en otros relacionados para fortalecer el aparato productivo del
país y contribuir a la formación de capital y a la generación de
empleo.
A partir de 1994, cuando entra en vigor el Tratado el Libre
Comercio, se desintegra Pemex. Con el alza espectacular en el precio
del petróleo los llamados derechos fiscales se elevan hasta el grado
de llegar a la confiscación hacendaría de la renta petrolera. En un
entorno deliberado de restricción financiera, sus inversiones quedan
muy por debajo de lo requerido para su expansión y los
financiamientos indispensables se hacen con Pidiregas, con el
resultado de tener ahora un Pemex endeudado en cerca de 50 mil
millones de dólares sólo por ese concepto.
Los principios del manejo estatal de los sectores estratégicos están
claramente marcados en la Constitución, y la legislación secundaría
que resulte violatoria de los mismos puede dar lugar a que sus
autores sean sujetos de juicio político. De acuerdo con los juristas
y académicos que participaron en el simposio, la Constitución
contiene los principios para defender a la nación de actos que
intenten enajenar el recurso a intereses privados nacionales o
extranjeros. Ellos coincidieron en opinar en contra de las
iniciativas. Incluso llegaron a afirmar que si bien no se puede
someter a juicio político al Presidente, sí se puede hacerlo con los
legisladores que aprueben una iniciativa inconstitucional.
El FAP publicará en fecha próxima las ponencias de este importante
evento.
*Directora del Consejo Consultivo del Frente Amplio Progresista
El Universal
Martes 29 de abril de 2008
Fraude a la ley
Francisco Rojas*
Así llaman los expertos al intento de modificar la Carta Magna a
través de leyes secundarias, principalmente con cambios en los
artículos cuarto y sexto de la Ley Reglamentaria del artículo 27
constitucional. En el primero, los privados podrán refinar bajo
contrato y ser permisionarios para transportar, almacenar y
distribuir petrolíferos y petroquímicos básicos; en ambos casos
podrán construir, operar y ser propietarios de ductos, instalaciones
y equipos. Pemex debe solicitar permiso para participar en este
mercado y ya sabemos la respuesta. También se da plena libertad para
que los privados se conecten directamente del pozo a las plantas de
gas.
Con el artículo sexto y el 46 de la Ley Orgánica de Pemex se abre la
puerta a la discrecionalidad y confidencialidad para que empresas
extranjeras exploren y desarrollen integralmente yacimientos
mediante contratos incentivados, internacionalmente conocidos como
risk contracts, aplicables no sólo en aguas profundas, Chicontepec y
campos abandonados, sino también en aguas someras y en tierra. Con
lo anterior, las empresas mexicanas pasarían sin duda a ser
subcontratistas o a desarrollar trabajos marginales, perdiéndose la
oportunidad de reimpulsar una industria nacional de construcción y
partes petroleras, como sucede en Brasil y Noruega.
La cacareada autonomía de gestión queda en entredicho al nombrar el
Ejecutivo cuatro consejeros profesionales, con funciones
extraordinarias, que trascenderán el sexenio en su cargo y
preservarían los intereses de quien los designó. Hacienda retiene
facultades para condicionar y vetar endeudamientos y la pretendida
autonomía presupuestal se otorgaría, conforme a los artículos
transitorios, hasta el onceavo año después de expedida la Ley
Orgánica, siempre que Pemex cumpla con ciertos montos de venta de
bonos y metas de balance financiero y, el colmo, aunque obtenga
ingresos extraordinarios, no podrá nunca aplicar más de 15 mil
millones de pesos a inversiones o mantenimiento.
Este año, el gobierno a través del Congreso le fijó a Pemex un
superávit primario de 15 mil millones de dólares, es decir, un
excedente de ingresos que no puede gastar y que se ocupa para cubrir
el déficit gubernamental. Pemex requiere invertir en cinco años 17
mil millones de dólares para construir dos refinerías y dar
mantenimiento a todas las instalaciones y ductos, es decir, 3 mil
400 millones de dólares anuales, 23% del superávit primario de 2008;
esa es la importancia de los recursos congelados, que seguramente
crecerán dadas las tendencias de los precios del petróleo, y los
candados que el gobierno impone como metas de balance financiero.
Los mitos caen: el efecto popote, el tesoro escondido y el futuro
promisorio se complementan ahora con que Pemex se fortalece y no se
privatiza. Privatizar no sólo significa vender edificios o
instalaciones, sino también compartir la renta petrolera y el
mercado interno; y Pemex se debilita y “enaniza” al crearse
prácticamente una industria petrolera integrada privada, que
impedirá absorber tecnologías y prácticas modernas de administración
y marginará la investigación y el desarrollo tecnológico. Pemex se
convertiría en administrador de contratos y, paulatinamente, sin
decirlo, la parte industrial morirá de inanición y obsolescencia y
únicamente quedará el sumiso monoexportador de crudo.
Pretenden consumar el fraude constitucional. Los que tienen
compromisos los defenderán, pero los que todavía vemos a Pemex como
un factor de unidad, dignidad y orgullo defenderemos el usufructo de
la renta petrolera para los mexicanos, cuya memoria histórica se
hará presente en 2009, por no hablar de 2012.
El Universal Martes
13 de mayo de 2008
Argucias
Francisco Rojas
La elaborada tentativa de darle la vuelta a la Constitución mediante
modificaciones a las leyes secundarias ha dividido a la sociedad y
provocado reacciones mayoritarias en contra; se dice que las
iniciativas de reforma energética podrían modificarse o que se
presentarían otras en su lugar, pero dejando sembrados “caballos de
Troya” para conseguir los objetivos, aun a riesgo de controversias
constitucionales.
El hábil entramado jurídico no permite el análisis individual de las
iniciativas, por lo que suponemos que fueron construidas de abajo
hacia arriba partiendo de lo que se quería que fuera o hiciera Pemex;
por ejemplo, que con el pretexto de darle autonomía de gestión y
flexibilidad operativa con lo que estamos de acuerdo, se cree un
régimen de excepción para que el Consejo de Administración, a través
de comités internos, tuviera facultades legislativas y
reglamentarias para sustraerse de las disposiciones legales
existentes sobre contratación de obras públicas, adquisiciones,
arrendamientos, enajenación de bienes, remuneraciones, auditoría,
fiscalización y deuda pública; con lo cual podrían regularizar, al
menos en imagen, cualquier violación a las leyes y a la Constitución
que se hubiere cometido.
Que, basado en lo anterior, se pudieran celebrar contratos
incentivados, no sólo en aguas profundas sino en cualquier área o
materia, en donde la remuneración queda indeterminada, tanto en
monto como en plazo o avance de la obra, que por sus características
se acerca a lo que internacionalmente se conoce como risk contracts,
que dejan en manos del contratista la planeación, control y
ejecución de las obras o servicios. Si esto fuera así, implicaría
ceder la dirección, operación y control por parte de Pemex, como ya
sucede indebidamente en los contratos de mantenimiento de ductos.
Siguiendo la lógica anterior, a las empresas que aporten supuestas
innovaciones tecnológicas se les exentaría de la licitación pública
y sus contratos podrían ser declarados reservados y confidenciales.
Que Pemex pueda libremente constituir o desaparecer filiales
paraestatales sin ajustarse a las leyes de Entidades Paraestatales y
Orgánica de la Federación, para crear “empresas espejo”, que podrían
encubrir otra forma de privatización sin sustento económico y
orgánico, trasluciendo incapacidades administrativas o de
negociación, por ejemplo con el sindicato; alentándose, además, la
“balcanización” de actividades estratégicas reservadas al Estado.
Sus objetivos podrían ser alcanzados sin desmembrar a Pemex,
estableciendo un fondo para contingencias derivadas de la actividad
petrolera y acotando la discrecionalidad para distribuir los
excedentes petroleros.
De aprobarse como están, las iniciativas tendrían consecuencias en
relación con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte
donde, además de abrir unilateralmente el tratado sin recibir nada a
cambio, se estaría eliminando parcialmente la reserva de mercado
establecida en el capítulo de Energía y Petroquímica Básica; las
aperturas que se realizaran ya no podrían ser revertidas
unilateralmente por el Estado mexicano; y, en caso de controversia,
éstas tendrían que ser ventiladas ante paneles internacionales y no
ante tribunales mexicanos, por lo que debe aclararse si no es otra
maniobra para “amarrar” las privatizaciones.
Bastan estos ejemplos para que estemos alerta y cuidar “la letra
chiquita” de las iniciativas, no sólo las modificaciones mayores, ya
que las privatizaciones pueden encubrirse utilizando leyes
secundarias o terciarias, confiando en los largos periodos e
inciertos resultados de las controversias constitucionales y en la
debilidad de la memoria de los mexicanos.
*Ex director de Pemex y presidente de la Fundación Luis Donaldo
Colosio. |